“El Monasterio de Leyre se asienta sobre la balconada de la Sierra del Errando, al Este del Reino de Navarra y a 50 kilómetros de Pamplona”, dice con muchas mayúsculas el folleto turístico que tengo en mis manos. Un poco sorprendente es que nada más llegar a primera hora de la mañana un sacerdote, que por aquellos contornos deambulaba, nos manifestara señalando al impresionante farallón rocoso cubierto de vegetación: “Allí en el monte iban a esconderse los monjes cuando los moros venía a matarlos”. Hacer un alegato de las luchas de moros y cristianos a estas alturas, o volver mentalmente a la época de las cruzadas quedaba un poco fuera de lugar, sobre todo porque la Historia ha demostrado a posteriori que los que parecían los buenos han resultado ser los malos, y donde las dan las toman o viceversa. Así que dejemos dormir los conflictos históricos en paz; eso sí, habiendo aprendido del pasado que todos los fanatismos —aunque puedan verse justificados por las circunstancias— son tintos de la misma locura o, como diría Juan de Mairena:
“Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a estar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso en que se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro porvenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón, etc.”
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